El 13 y 15 de enero de 1881: las batallas de San Juan y Miraflores.
La campaña en el sur peruano, entre 1879 y 1880 significó una rotunda derrota. Las fuerzas chilenas asumieron entonces el reto de llegar a la capital ese verano de 1881.
Uno de los puntos claves que agravaron los efectos de la invasión, fue la desorganización de los servicios de auxilio, como el de la Cruz Roja Peruana (CRP), que se había fundado hacía apenas dos años, en 1879, pero había demostrado eficiencia.
Las tropas chilenas llegaron a las puertas de la ciudad. El presidente Aníbal Pinto, decidió finalmente tomar Lima, puesto que era consciente de que prolongar la guerra no los beneficiaría.
Eran 22 mil hombres, entre militares y civiles, quienes estaban dispuestos a defender Lima. Los chilenos, que ya habían saqueado y agredido gran parte de la costa central y norte con el capitán Patricio Lynch a la cabeza, llegaron desde el puerto de Arica con una gran armada, y decidieron esperar al sur de la capital.
Desde noviembre desembarcaron los enemigos en Pisco, y luego en diciembre el grueso de las tropas chilenas, bien equipadas y con excelente auxilio médico, llegaron a Lurín: era la fuerza principal de 16 mil hombres. En total, asaltaron la capital más de 27 mil soldados.
La CRP atada de manos
El Secretario perpetuo de la organización, Carlos Sotomayor, denunciaría ante la Tercera Conferencia Internacional de la Cruz Roja, en Ginebra (1884) Las ambulancias militares, declaró: “dejaron mucho que desear” y sobre todo denunció la inexplicable medida de la Prefectura al ordenar alistarse obligatoriamente en el Ejército de reserva a todo el personal de la CRP. El resultado: médicos, enfermeros, practicantes y empleados no pudieron cumplir con su deber de auxilio, tan vital en esa coyuntura militar.
No hubo ambulancias civiles en esas batallas.
Para muchos especialistas, fueron de las más infaustas en bajas humanas, nunca vistas en el continente americano.
Según estudios, había 16 mil soldados peruanos puestos en las manos experimentadas del gran Andrés A. Cáceres. Pero ante la evidente superioridad chilena, se hizo un llamado general que tuvo una respuesta de 6 mil ciudadanos, los verdaderos héroes de aquellas jornadas. Tuvieron que “formarse” militarmente en pocos días, y quedaron para la defensa.
Las fuerzas chilenas, al mando del general Baquedano, atacaron de frente, en la línea de San Juan, y no como se temía por la senda de Ate. La noche del 12 de enero fue cómplice de la soldadesca sureña, a la que sus jefes habían prometido saqueos y orgías en el balneario de Chorrillos.
La División de Lynch se dirigió a Chorrillos, donde estaba Miguel Iglesias; la de Sotomayor a San Juan contra Cáceres; y la de Lagos hacia los cerros de San Francisco y El Cascajal, en el flanco izquierdo. El tal Lagos fue el de la infeliz frase: “Hoy no hay prisioneros”.
La mañana del 13 de enero la inmortalidad llegó a San Juan. Alrededor de 40 mil soldados en guerra plena. Diez horas de lucha continua. Murieron 6 mil peruanos, y hubo más de 4 mil heridos. El Morro Solar y el cerro Marcavilca se tiñeron de sangre.
Según cifras oficiales chilenas sus bajas fueron de 1873 muertos.Decenas de soldados peruanos y chilenos, muertos uno al lado del otro, ensartados ambos por la filosa punta de sus bayonetas.
El saqueo e incendio de Chorrillos, se cumplió contra todo pacto de honor militar y humanitario. Pese a la reacción peruana con Cáceres a la cabeza, la soldadesca invasora se impuso desbordándose luego en robos y agresiones a la población indefensa esa noche del 13. El 14 se repusieron y avanzaron hacia los reductos de Miraflores.
El 15 de enero fue la otra épica, en la que, al parecer, murieron más civiles que militares. Engañando astutamente con una tregua al dictador Piérola que almorzaba en una lujosa casa miraflorina, empezó el bombardeo desde el Cochrane y el Huáscar capturado.
Los reductos desconectados unos de otros, la artillería y el material bélico limitados o sin renovación, y la absurda medida de colocar cañones a casi 20 kilómetros del ataque chileno, dieron la derrota de Lima. Pero no les fue del todo fácil a los agresores.
En los reductos defensivos, separados un kilómetro entre sí, había profesionales como abogados e ingenieros, y gente de oficios diversos como artesanos o tipógrafos. Pero también abundaban maestros universitarios, quienes murieron o vieron morir a sus discípulos, aquellos jóvenes que solo pensaron en defender su ciudad, su país.
Algunos estiman en miles los reservistas que no lucharon por falta de planificación militar. La batalla duró 2 horas.
Ni los cañones de la flota chilena diezmaron el ardor patriótico de los peruanos. Militares y civiles juntos, a pesar de las falencias, dieron clase de honor y valor. Las pérdidas peruanas no bajaron de tres mil. Otra vez el incendio, el saqueo y el odio se apoderaron del invasor.
Guerra del Pacífico: La Masacre de civiles en Lima 1881 video phone beyonce mp3 | |
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| Education | Upload TimePublished on 1 Jun 2017 |
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